El fenómeno backrooms es relativamente reciente, pero trabaja con materiales muy antiguos. Roza, sin serlo, el hotel de Kubrick en "El resplandor", los
no-lugares de Augé y la película de culto "Cube". Sin embargo, las backrooms son otra cosa. Son habitaciones sin lugar, espacios donde resulta imposible conocer el uso original, donde cada estancia parece conducir a otra sin que ninguna ofrezca una salida. Es decir, se trata de una forma de
laberinto actualizado situado entre la realidad física y la digital.
Su origen fue esta fotografía banal tomada en 2002 durante la reforma de un antiguo local comercial. Durante largo tiempo permaneció sumergida en la web, latente, hasta que, de modo imprevisto, aquel lugar familiar, donde el tono amarillo reinaba como un monstruo invisible, donde la moqueta empapada y sucia parecía extenderse sin fin, donde los tabiques no dejaban ver el final del cuarto y donde los fluorescentes permitían imaginar su incesante zumbido de fondo, terminó convirtiéndose en un punto de fuga capaz de condensar el imaginario de una creciente comunidad en red decidida a atribuirle un nuevo tipo de vértigo.
Su desarrollo posterior pertenece hoy a la inteligencia colectiva. Cada foro donde aparecía, cada videojuego, wiki o vídeo fueron añadiendo habitaciones nuevas a un edificio ficticio. En realidad, durante años nadie supo exactamente dónde estaba aquel lugar original, pero cuando la comunidad, impulsada por el creciente mito, logró localizarlo, descubrió que el espacio original ya no existía como tal. Sin embargo, e irónicamente, la ficción no solo no desapareció, sino que encontró en su ausencia un trampolín.
Las backrooms producen inquietud porque pertenecen a esa categoría extraña de los espacios liminales. En ellas se mantiene la ensoñación de todos los lugares de tránsito. Aunque esa condición intermedia no es ya la del sutil espacio del engawa japonés o la de la "
enfilade" de los palacios barrocos. Las backrooms son lugares perdidos de oficinas, pasillos, almacenes o locales comerciales en los que, sin embargo, se hace imposible reconstruir su función original e incluso las huellas de quienes, en algún momento, los ocuparon. En esos lugares reinan la monotonía, la repetición y la ausencia de referentes exteriores. En ellos
las geometrías de sus tabiques resultan incompletas o equivocadas. Lo cual activa un desasosiego difícil de explicar, pero muy fácil de reconocer para toda una generación acostumbrada a los videojuegos y las películas de serie B. Precisamente esa generación ha habitado desde la infancia un mundo donde lo físico y lo digital ya no funcionan como territorios separados. Ambos producen recuerdos, ansiedad, nostalgia y miedo y, por tanto, son fuentes de experiencias de un peso equivalente.
Como arquitectos podríamos preguntarnos quién diseña esas backrooms y la respuesta inmediata sería que no existe un diseñador ni un verdadero proyecto tras ellas. Sin embargo, hay una explicación más profunda: son, sin más, un novedoso invento colectivo en relación con el imaginario del espacio (o de la imagen del espacio). El subconsciente ya no lo interpretan únicamente los herederos del psicoanálisis, sino que, al menos en relación con estas habitaciones, es la comunidad online quien les otorga trasfondo, completa los huecos y construye su relato.
El fenómeno backrooms mezcla aislamiento, nostalgia por los interiores despersonalizados de finales del siglo XX, una cultura completamente digital y cierta obsesión contemporánea por localizar fallos en la realidad. Durante los años de pandemia, aquellos espacios vacíos, repetitivos e infinitos dejaron de parecer ficción para convertirse en una experiencia sobre la que inventar una narración. Esas fisuras ya no son, como diría Leonard Cohen, el lugar por donde entra la luz, sino por donde se cuelan nuevos miedos. Cada generación tiene derecho a fabricar los propios.
Las backrooms son lugares sin programa que recuperan sentido precisamente porque miles de personas decidieron, juntas, otorgárselo. Quizá por eso resultan tan inquietantes y debieran ser objeto de pensamiento para cualquiera interesado en lo que sucede hoy en la arquitectura. Porque son, probablemente, el primer imaginario arquitectónico masivo construido colaborativamente en internet: una rara forma de arquitectura sin arquitectos, levantada no sobre las prerrogativas académicas de lo moderno o lo posmoderno, sino sobre una ansiedad compartida. Son habitaciones que nadie recuerda haber visitado, pero que todos parecen reconocer. Cuando se acusa a la arquitectura de no ser capaz de dar respuesta a las obsesiones de nuestro tiempo, no podemos olvidar que sigue siendo un insuperable lugar de resignificación de lo que somos.