Existe un tema universal que desborda las disciplinas de la literatura, la pintura, la escultura, el cine e, incluso, la arquitectura. No es la comedia o el drama, ni lo gótico o lo romántico, sino las obras devotas de las “buenas intenciones”. Tanto es así que las “buenas intenciones” constituyen una tipología y un género en sí mismo.
En 1946, Frank Capra alcanzó uno de sus hitos con la película
It's a Wonderful Life ("¡Qué bello es vivir!"), pero pueden encontrarse en mil otros lugares y tiempos. No hay fecha ni calendario para este género: simplemente aparece como una corriente subterránea que aflora en forma de limpios manantiales o de barro intragable. Traspasa creencias e ideologías y afecta tanto a la arquitectura y la pintura soviéticas como al romanticismo empalagoso de los retratos de familias junto al fuego del siglo XIX.
Las buenas intenciones por sí mismas, como puede suponerse, no garantizan que la obra en cuestión tenga valor alguno
per se, del mismo modo que el hecho de que una obra pertenezca al género de la comedia romántica no basta para que resulte agradable o entretenida.
Las buenas intenciones pueden ser dulzonas y, aun así, tolerables. Pero también pueden volverse un pastel difícil de digerir si no contrarrestan su carga moralizante con una buena factura. Tienen, pues, un hándicap de partida: solo resultan dignas de atención, e incluso de aplauso, cuando están extraordinariamente bien ejecutadas. Compensar el exceso de azúcar no resulta sencillo. Jessie Willcox Smith, Arkady Plastov, Thomas Faed, Boris Ioganson y Jean-Baptiste Greuze son hoy nombres prácticamente olvidados gracias, entre otras cosas, a haber confiado solo en el almíbar para lograr su dosis de eternidad...
Este fenómeno permite describir con bastante precisión una parte de esta arquitectura que cabe agrupar, rememorando a Rowe, bajo las siglas de GIA (Good Intentions Architecture), que tiene como único programa la embriagadora pretensión de resolver desigualdades ancestrales, desde las de
género cosmopolítico, la fractura entre los
entes biodiversos y ese saco de bacterias al que parece reducirse el ser humano, hasta ese otro inmenso montón de reparaciones pendientes con las minorías (racializadas, gentrificadas, situadas fuera del marco heteropatriarcal), igualmente nobles y legítimas, pero que, desgraciadamente, quedan lejísimos de las reales capacidades de sanación por parte de la arquitectura. Como puede comprenderse, la única salida digna para huir de la vacuidad discursiva del síndrome GIA es que algunas de sus obras, un puñado al menos, lograran estar "bien hechas" ("todo pasa y una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha", decía D'Ors)... De otro modo, el exceso de dulzor sin soporte termina siendo perjudicial, no solo para la credibilidad de esas teorías, sino para las causas que aspiran a defender. Una trinchera entre las intenciones y la realidad cada vez más abismal solo conduce a la frustración, el desencanto y la banalización.
No se me ocurre otro motivo que lo realmente bien hecho (como guion, como dirección, como trabajo actoral, como sonido, como arte, en fin) para explicar que, Navidad tras Navidad, no nos cansemos de ver a James Stewart corriendo por la calle nevada de ese pueblito de ningún sitio y de todos que es Bedford Falls y que, sin embargo, cada vez aguantemos de peor grado las peladillas y los turrones de una arquitectura solo hecha de buenas intenciones y no de buenas obras.